sábado, 2 de junio de 2012

Un pecador en el cielo. Libro: El camino a Cristo

Los siguientes son párrafos extraídos del libro El camino a Cristo, escrito por Elena de White, profeta y pionera de la iglesia adventista del séptimo día.

La autora explica que no es un decreto arbitrario que Dios haya expulsado del cielo a los pecadores. Ellos mismos se han cerrado las puertas por su propia ineptitud para aquella compañía.


1 La comunión

 

El hombre, en su estado de inocencia, gozaba de completa comunión con Aquel "en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia" (Colosenses 2: 3.) Mas después de su caída, no pudo encontrar gozo en la santidad y procuró ocultarse de la presencia de Dios. Y tal es aún la condición del corazón no renovado. No está en armonía con Dios, ni encuentra gozo en la comunión con él”. (pág. 13)

 

En principio, el párrafo hace una conjetura incoherente:

 

Después de su caída, no pudo encontrar gozo en la santidad”

 

El ser humano caído no era santo, el mismo texto dice que no está en armonía, ¿cómo esperaba entonces que encontrara gozo en la santidad?

Además de eso, la humanidad caída podría describirse de mil maneras, sin embargo la autora señala puntualmente el gozo. Ni siquiera explica por qué lo ha hecho así. Debería haber dado aunque sea una mínima razón, porque así es como si estuviera explicando cosas que están sobreentendidas.

Tampoco explica por qué se refiere a Dios citando ese párrafo bíblico:

 

"en quien están escondidos todos los tesoros de la sabiduría y de la ciencia"

 

Lo más probable es que lo haya hecho solo por la costumbre que tenía de recurrir a cualquier parte de la biblia para completar sus frases.

 

2 La compañía de los seres santos

 

El pecador no podría ser feliz en la presencia de Dios; le desagradaría la compañía de los seres santos. Y si se le pudiese permitir entrar en el cielo, no hallaría alegría en aquel lugar.” (pág. 13)

 

Otra vez no explica por qué no hallaría alegría. Pero por lo menos ahora se entiende por qué antes señaló el gozo, era para trasladar esa misma idea, al cielo.

Este párrafo plantea un supuesto pecador en el cielo, pero los supuestos no solamente sirven para expresar ideas, sino también para dejar en evidencia alguna falla de concepto.

Es por eso que, aceptar este tipo de análisis, no significa también aceptar cualquier lógica que se le presente, o cualquier conclusión sin explicación.

En este caso, el lector se predispone a analizar a un pecador en el cielo, donde se supone que no puede estar, pero la autora ni siquiera justifica sus conclusiones.

Un pecador que no halla alegría en el cielo, pareciera cumplir con sus propias ideas acerca del reino de Dios, pero no para alguien que está tratando de entender algo que ni siquiera coincide con la descripción bíblica del cielo.

Le desagradaría la compañía de los santos, eso quiere decir que no pueden hacer nada por el pecador, aun con la eternidad por delante.

Ni entre todos juntos pueden alegrar al pecador, que por cierto, tendría que estar solo, ya que si fueran muchos, entonces ya tendría una compañía más conveniente. Además Satanás tendría que ir con él, a no ser que la autora creyera que se puede pecar por iniciativa propia.

Tendría que no estar Cristo, ya que haría huir a Satanás, no sea cosa que contamine todo el cielo, otra vez.

Además, ese pecador tendría que estar constantemente engañado, porque si no lo estuviera, se alegraría de estar allí y no en el infierno.

Se supone que todo esto era para expresar una idea, no para presentarle refutaciones. Pero en este caso, hay que hacerlo ya que la autora no consideró nada de todo eso.

Entonces, poniéndole ganas y sacando todos esos elementos que la autora no tuvo en cuenta, y suponiendo que “el pecador” sí, pudiera estar en el cielo, para él no habría ninguna diferencia.

En el mundo tampoco tenía esa comunión que antes mencionó que le impediría tener gozo, por lo que ya debe estar acostumbrado a esa falsa felicidad que creen tener todos los pecadores.

Eso, sumando a la ausencia de los males que antes padecía, será para él algo parecido a la felicidad. Alivio, por lo menos, porque se supone que en el cielo ya no van a haber tantas miserias.

Por otra parte, si la felicidad de los pecadores hubiera sido la preocupación de Dios, en vez de dejarles afuera, bien podría crear un lugar separado, por ejemplo, un anexo.

¿No tiene Dios tanta imaginación? Al parecer, la autora no tenía. Pudo poner a un pecador en el cielo, pero no pudo poner un anexo. Demasiada imaginación o demasiado poca, no queda claro.

La autora, en su afán de no mostrar a un Dios que castiga a los pecadores, lo deja como incompetente para lidiar con ellos.

A esta altura no se sabe bien cuál es la diferencia entre el cielo de la autora y un mundo sin pecadores. ¿No será que inconscientemente estaba confesando eso? Tal vez, ese era su cielo. No un mundo sin pecadores, sino un cielo con un pecador, para poder expresarle todo su repudio.

 

3 Amor infinito

 

El espíritu de amor puro que reina allí donde responde cada corazón al corazón del Amor Infinito, no haría vibrar en su alma cuerda alguna de simpatía”. (pág. 13 y 14)

 

No hallaría alegría, no sería feliz, no haría vibrar, no esto, no aquello.

Cuando alguien expresa las razones para apoyar una decisión, nombrando solo las consecuencias negativas de no hacerlo, está usando una falacia. Es decir, en vez de explicar, impone sus ideas e instala prejuicios.

Hasta hace un rato, los santos no podían hacer nada por el pecador. Pero ahora, ni siquiera el amor infinito puede. Así, en vez de justificar la expulsión del pecador, pareciera que está justificando su condición. ¿Cómo esperaban que lograra dejar de ser pecador estando en el mundo?

La explicación está en que la autora basó sus ideas en el fin del tiempo de gracia, luego del cual nadie podrá ya cambiar. Eso explica que nadie podrá hacer nada por él.

Pero la autora no dijo eso, justo lo que tenía que decir, ni siguiera lo menciona. Si lo hubiera hecho, en vez de atribuirle al pecador la incapacidad, tendría que atribuírsela al cielo.

Es decir que, en su afán de demostrar la ineptitud del pecador, logró evidenciar la ineptitud de todo el lugar.

El amor infinito que antes mencionó, ya no lo sería, porque no alcanzaría a todos. Responde a cada corazón, dijo, ya no más.

Amor puro que reina, pero no en todos. Más bien en nadie, porque ni siguiera logra hacer vibrar cuerda alguna de simpatía en el alma de los santos, que a esta altura pareciera que no les importa nada lo que le pasa al otro.

 

4 Una nota discordante

 

Sus pensamientos, sus intereses, sus móviles, serían distintos de los que mueven a los moradores celestiales. Sería una nota discordante en la melodía del cielo. El cielo sería para él un lugar de tortura”. (pág. 14)

 

Hace unos párrafos atrás, el pecador no encontraba gozo. Ahora, ya es un lugar de tortura, con razón tenía intereses distintos. Hubiera empezado por ahí, porque lejos de estar ampliando la explicación anterior, en realidad está aportando razones contradictorias.

Otra vez no explica a cuáles intereses se refiere. ¿No le interesa el amor de Dios, la paz y libertad que Cristo otorga?

Ahora sí, hay que ponerle muchas ganas para entender cómo es que un cristiano verdadero puede decir que los demás no estarán interesados en todo esas cosas.

La una explicación sería que el pecador sigue siendo ignorante, es decir que ni siquiera sabe dónde está. Entonces ¿no conocer el entorno lo convierte en un lugar de tortura? No, pero la autora lo dijo porque se imaginó a alguien rodeado de gente con la que no quiere estar.

Entonces, el cielo sin la persona amada, no es cielo, dice la autora creyendo haber revelado un misterio.

Es llamativo que haya alguien que está siendo torturado delante de los ojos de la autora, pero a ella no se le ocurrió otra cosa más que describirlo como una ¡nota discordante! O sea, le molesta, al fin lo confesó.

En vez de tenerle compasión, señala el malestar que eso les causará a los otros. Entonces era verdad que amor infinito que mencionó, tampoco hará vibrar nada en el alma de los santos.

El pecador puede no tener simpatía porque por lo menos está siendo torturado, pero ¿y los santos qué razón tienen?

Todo esto incluso parece confirmar que el cielo dejaría de serlo ante la presencia de un pecador. Pero también confirma que el pecador está solo ¿No se le ocurrió poner a más de uno a ver qué pasa? Tal vez si fueran todos los pecadores al cielo, de seguro ya no habría una nota discordante.

O mejor aún, un solo redimido en el cielo junto con todos los pecadores, aunque sea para análisis ¿quién sería entonces la nota discordante?

Todo indica que la autora puso a ese pecador en el cielo, solamente para tener la oportunidad de decirle que no pertenece allí. O peor aún, deja que el pecador se dé cuenta por sí mismo al notar que solamente molesta a los demás.

¿Habrá cucarachas en el cielo, o ratas? Seguramente Dios también ha decretado que las ratas no entren al cielo para que no sufran de hambre, es que el cielo será un lugar tan limpio, que no encontrarán nada para comer.

 

5 Su propia ineptitud

 

No es un decreto arbitrario de parte de Dios el que excluye del cielo a los malvados: ellos mismos se han cerrado las puertas por su propia ineptitud para aquella compañía”. (pág. 14)

 

No es verdad lo que dice el párrafo, de juzgarse la ineptitud, nadie entraría. Cristo pagó el precio que hay que pagar para entrar al cielo, debido a que no hay absolutamente ningún ser humano que se lo haya ganado.

Por otra parte, la frase “ellos mismos se han cerrado las puertas…” es otra mentira, porque también puede ser por accionar de otros:

 

¡Ay de ustedes, escribas y fariseos, hipócritas! Porque recorren mar y tierra en busca de seguidores, y una vez que los consiguen, los hacen dos veces más hijos del infierno que ustedes”. (S. Mateo 23: 15)

 

Es decir que la autora no se ha equivocado, ha mentido. Además comete la torpeza de confesar que el cielo es algo que creen estar ganándose haciéndose aptos, hasta ahora solo lo había insinuado.

“No están preparados”, es una frase típica de los conservadores que se creen razonables.

-su propia ineptitud-, dice. ¿Y cómo sabe eso? ¿La autora intentó hacer que cambien pero no lo logró? Porque los santos, hace un rato lo intentaron y no pudieron. Vaya aptitud.

Entonces, hagamos otro supuesto: pongamos a todos los pecadores en el cielo, tracemos una frontera, los pecadores de este lado, los santos del otro. Ahora ¿seguirá siendo un lugar de tortura? Si la respuesta es no, entonces la culpa de todo es de los santos.

Otro supuesto, pongamos a los pecadores primero ¿podrán los santos probar que están preparados para esa compañía? No, entonces ellos serían los ineptos para esa compañía.

Deberían desistir del cielo, sacrificarse por los demás, al menos trazar esa frontera y quedarse de su lado, hacer algo por el prójimo.

Pero hay otro detalle, antes era un pecador, pero ahora ya son “malvados”, eso es para poder acusarlos de ineptos.

Como los lectores de estos escritos seguramente no creen ser malvados, ninguno se sentirá parte del grupo de los ineptos.

Ahora también ya son muchos, también tiene sentido, porque están siendo expulsados. Ya no están siendo analizados para ver quienes no serían felices como hizo antes con el que estaba solo. Si lo hubiera hecho, no habría podido referirse a ellos como la nota discordante.

Tampoco llamó ineptos a los ingenuos, los temerosos, los soberbios, los que juzgan a los demás, a los que no les dan de comer a los que tienen hambre.

O a los engañados que asisten a una iglesia falsa pero creen con sinceridad que es la verdadera. Todo eso con la misma intención, para que ninguno de los lectores se sienta aludido.

El párrafo menciona un decreto que impide a los pecadores ir al cielo, decreto que, por cierto, tuvo que anular a los efectos de dejarlo entrar.

Sin embargo, dejó vigente el otro, el que le impide cambiar: el fin del tiempo de gracia. Su ineptitud entonces, no es “propia”, como lo afirma espuriamente el párrafo, sino que proviene del otro decreto que no ha mencionado siquiera y que de razonable no tiene nada.

No queda claro si fue por descuido que utilizó la palabra “decreto”. Es como si le estuviera advirtiendo al lector cuál fue la falacia que usó: desde el mando. Pareciera incluso que estaba burlándose de sus propios lectores, advirtiéndoles sobre los artificios que utilizaba.

Tal vez no podía evitarlo, no podía dejar de burlarse de lo que sea que esté relacionado con Dios.

 

6 Fuego consumidor

 

Dios sería para ellos un fuego consumidor. Desearían ser destruidos para esconderse del rostro de Aquel que murió por salvarlos”. (pág. 14)

 

Este párrafo hace otra conjetura equivocada, para lograr lo que allí dice, no se necesita llevarlos al cielo, los pecadores siempre están haciendo eso en el mundo, huyendo o escondidos de Dios, puede que las dos cosas.

Antes parecía estar tratando a los pecadores como si fueran ratas y cucarachas, acá sigue, ahora también buscan esconderse.

No quieren ver la cara del que murió para salvarles, dice. Pero sigue sin dar razones.

Los pecadores ni siquiera saben que alguien murió para salvarles, o no lo creen, menos lo van a creer si ya están en el cielo. Lo más probable es que pregunten ¿salvarnos de qué?

Aunque lo supieran, no sabrían identificar quién es. ¿Por qué habrían de querer esconderse? Tal vez alguno le señala diciendo, aquel es. Eso también lo hicieron en el mundo y no le creyeron. ¿En el cielo sí van a creer?

Porque ahí está la cuestión central de todo este análisis. Solo podrán ver el rostro del que murió para salvarlos, si han perdido el engaño y la ignorancia que hasta hace un rato seguían teniendo.

Si de golpe la autora les saca el engaño, también tendrían que poder ser felices, incluso hasta merecerían estar en el cielo.

Pero no, porque tienen una especie de engaño selectivo, no saben cómo se hace para ser feliz, pero sí saben quién es el que murió para salvarles. Se da cuenta que se salvó gracias a Cristo, pero no se da cuenta que tiene que aceptarle.

Desearían ser destruidos dice, otra vez mostrando falta de imaginación. Los malvados más bien suelen desear cosas propias de malvados.

Por ejemplo, desearían que todos los santos que están ahí disfrutando sean destruidos, al menos por envidia. Si pudieran, los perseguirían y los matarían a todos, no quedaría nadie vivo.

Aunque se den cuenta que son inmortales, los malvados también suelen ser brutos, así que igual lo van a seguir intentando.

La autora demuestra aquí, como en todos sus escritos, que le gustaba que las cosas estén siempre bien ordenadas. Ese pecador, no es otra cosa que un elemento desordenado que invade el espacio del querido cielo de la autora, había que volver a poner orden.

Podríamos plantearlo así, ¿cuánto tiempo podría llegar a estar ese pecador en el cielo siendo torturado en presencia de los santos? Se supone que así, los santos tampoco serán felices, aunque con estos nunca se sabe.

En otras palabras, ellos tampoco están preparados, es evidente que habrá que deshacerse pronto del pecador, poniendo orden a la situación.

Los siguientes son ejemplos de lo que para la autora es: orden.

El pecador en el cielo – sus intereses son distintos.

Un pecador ante la presencia de Dios – busca esconderse.

El pecador puesto en soledad para análisis – una nota discordante.

Un montón de malvados en el cielo – Dios decretó que sean expulsados.

Los malvados expulsados – es por su ineptitud.

El decreto que los expulsa – no es arbitrario.

Con solo retirar uno, de los dos elementos en cuestión, logramos desordenar la situación y convertiríamos al cielo de la autora en la peor de sus pesadillas.

Por ejemplo:

Un pecador en el cielo, pero rodeado de los suyos, sus amigos, otros pecadores, sus seres queridos.

Sus intereses ya no serían distintos. Elena de White y sus seguidores tendrían que aceptarle, o tolerar su presencia, porque ya no habría notas discordantes que repudiar.

En vez de un pecador solitario, que esos “malvados”, fueran puestos en el cielo para ver si serían felices.

Elena de White y sus seguidores no hallarían alegría en ese lugar por su propia ineptitud para esa compañía.

Un pecador en el cielo, pero en vez de buscar esconderse de Dios, buscara un palo, una piedra o algo con el cual poder perseguir a todos los redimidos que allí habitan por el resto de la eternidad.

Elena de White y sus seguidores encontrarían un lugar de tortura.

Que no sean los malvados, sino el pecador el que se cerrara las puertas él mismo por su propia ineptitud. Elena de White y sus seguidores tendrían el mismo destino.

Que el pecador no se hiciera inepto él mismo, sino que fueran otros que le engañaron y le hicieran merecedor del infierno. La autora y sus seguidores tendrían que empezar a creer en el engaño.

Que el decreto que impide a los pecadores pertenecer a ese lugar sea arbitrario, como el otro que no menciona. Elena de White y sus seguidores en vez de creer que es razonable, tendrían que empezar a tener fe.

Si en vez de repudiarlos, la autora tuviera que amarlos. Se habría convertido en cristiana verdadera, como todos los que ponen en práctica las palabras de Cristo.

 

7 El abismo del pecado

 

Es imposible que escapemos por nosotros mismos del abismo del pecado en que estamos sumidos. Nuestro corazón es malo y no lo podemos cambiar”. (pág. 14)

 

Ahora admite que los santos también son ineptos, se contradice con lo anterior, pero no se nota mucho por el uso que hace de las palabras.

“Ellos”: -ineptos que se han cerrado las puertas-.

“Nosotros”: -imposible escapar del abismo del pecado-.

Ahora ¿qué pasa si lo hubiera dicho al revés? Desordenemos otra vez, a ver qué pasa:

Es imposible que “ellos” puedan escapar del abismo del pecado, su corazón es malo y lo no lo pueden cambiar.

Los adventistas no podrán seguir acusándoles de su propia ineptitud. Además, ya no creerán que el decreto que los expulsa, fuese razonable.

“Nosotros”, estamos sumidos en el pecado por nuestra propia ineptitud.

Los adventistas tendrían que empezar a dudar que la “propia ineptitud” sea un impedimento para ir al cielo y tendrían que creer que solo Cristo salva.

 

Conclusión

 

Una forma de entender todo esto, es ir al principio de funcionamiento de esta conjetura ¿el pecador se da cuenta que está en el cielo? Responder esa pregunta hace caer absolutamente todo el análisis.

Si se da cuenta, entonces no está engañado, no solo ya podrá quedarse, sino que todas las situaciones negativas presentadas por la autora no seguirían vigentes.

Pero no, puso a un pecador que continúa engañado. Tanto se olvidaba la autora del engaño, que olvidó también quitárselo antes de llevarlo al cielo. Es más, en un momento se olvidó que no tenía que quitárselo.

No haber tenido en cuenta al engaño, tuvo un objetivo: que el lector tampoco lo haga, ni en este análisis, ni nunca.

Es como si hubiera puesto al pecador dentro de un contenedor o algo así, totalmente cerrado al cual le han prendido fuego por debajo. No sabe dónde está, no puede huir por más que procure, etc. Definitivamente ese pecador está en cualquier lugar, pero no en el cielo.

Es como si hubiera analizado a un ciego y dijera: -un ciego no sería feliz en el mundo de los que ven-.

Aun sacándole la tortura, el fuego consumidor y todos los elementos absurdos que le ha puesto, aun así no se daría cuenta donde está. No sabría que está entre santos, ni le vería a Cristo aunque se le pusiera en frente.

Ahora, si alguno cree que el pecador sí se daría cuenta de dónde está y que el engaño no tiene nada que ver, entonces que trate de explicar cómo hará para no ser feliz no estando engañado.

Sus intereses ya no serían distintos. Antes cuando estaba engañado puede ser, pero sin engaños, ya no buscaría esconderse. Podría ser por pánico a lo desconocido, pero eso también tiene remedio.

Los que tienen otra doctrina distinta a la de la autora, un pentecostal, mormón o católico ¿serían felices en el cielo? Tal vez la autora creía que los adventistas serían los únicos capaces de ser felices en el cielo, o aptos para hacerse compañía.

Por otra parte ¿Cuál es la razón por la que Dios decretó que una vez terminado el tiempo de gracia, nadie podrá ya cambiar? Nadie sabe, ni siquiera es posible saber cómo se va a implementar ese decreto.

Otras creencias no cristianas, no pueden siquiera entender la razón del fin del tiempo de gracia y mucho menos como se hará. Hasta les parece injusto. Pues, ese es un decreto arbitrario, al menos nadie lo puede explicar.

Si de verdad los adventistas creen conocer a Dios, o explicar la doctrina razonando, deberían presentar razonamientos válidos, no engaños, trucos, o falacias.

Así como se está hecho parece un gran discurso demagogo, un elogio escondido a los miembros de su iglesia, es un patético intento de hacerles creer que están en el lugar correcto, comparándose con los que no son aptos.

Si hasta pareciera poder visualizarse a un adventista leyendo ese material, con una pequeña sonrisa triunfante cada vez que recibe un elogio así, en realidad se alegra de la existencia de ese pecador.

Si se tuviera que hacer una imagen pictórica del cielo de la autora, seguramente habría que poner un grupo de adventistas en el cielo con un hermoso paisaje, todos sentados en círculo al aire libre. Uno de ellos tendrá la biblia abierta en sus manos y compartirán una charla sobre temas puros y elevados.

Cristo estará no muy lejos, de pie con una sonrisa dulce, o no, mejor “tierna”, para usar la palabra que más le gustaba a la autora, con la túnica remilgada y los brazos abiertos con las palmas apuntando al círculo, como si estuviera diciendo: -estos son mis hermanos-

Por ahí nomás, no muy lejos estará el pecador, desorientado, comiéndose las uñas, mirando para todos lados sin saber a dónde ir, o esconderse. Estará preguntándose: ¿Qué hice? ¿Qué haré? ¿Cómo viene a parar acá?

Alguien dijo alguna vez, que para que el infierno sea realmente un lugar de castigo, debe haber allí una ventana donde se vea el cielo, así el escarmiento sería aún mayor, porque los que allí habitan tendrán siempre presente todo aquello que perdieron.

Pero al parecer, el infierno de Elena de White no concibe esa ventana, porque de haber una, más bien sería para alivio de los condenados, porque les recordaría todo aquello de lo que se salvaron: el lugar de tortura, el fuego consumidor, etc.

También se suele decir que desde el cielo, no debe verse el infierno por esa ventana, para que su felicidad no se vea perturbada por el sufrimiento de los otros.

Sin embargo, el cielo de la autora sí, para poder deleitarse viendo el infierno y lo mucho que los pecadores merecen estar allí.

Servirá para recordar constantemente lo mucho que lucharon para hacerse aptos y lo mucho que sufren ahora aquellos que antes se divertían.


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